"Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos pretenderán entrar, y no podrán."

Cuando vamos observándonos en el largo recorrido que hicimos, podemos detenernos para observar que los sueños, los deseos, y las expectativas, van lentamente cayendo poco a poco y que, el Dios de la forma que aprendimos a amar y que nos enseñaron a crear con la mente para merecer el Cielo Eterno va esfumándose junto con los dolores más profundos.

Sin embargo, ni el purgatorio nos atrapó, ni podemos culpar a una fuerza siniestra de nuestras penas, ni a una luz blanca que albergue nuestras alegrías y,  a solas, con imágenes endebles que caen nos vamos encontrando nuevamente  con nosotros mismos.

Nos preguntamos a quién tenemos que reclamarle nuestra desdicha y sin mucho más para ver, nos damos cuenta que nuestro Dios de la mente no puede responder por nuestras penas porque fue armado desde la racionalidad acotada y no desde el corazón.

Y es así como los ídolos de barro van perdiendo su fuerza, miramos por las dudas alrededor para notar si baja el rayo que parta la tierra en dos o el espíritu que descienda y llene amorosamente de amor nuestra vida pero,  desconcertados, seguimos viendo que no pasa nada de lo que creíamos que sucedería si actuábamos de una forma u otra.

Fruncimos el entrecejo, miramos agudamente la vida y sin demasiadas fuerzas para seguir analizando nos encontramos sólo nosotros con nosotros mismos y lo que fuimos transitando en cada etapa de nuestras vidas.

Sabemos y vamos aceptando que quizás fuera no encontremos el armado que la  mente  hizo de un Ser superior y que ninguno de los atributos que le dimos sean auténticos,  pero llegamos a conocernos, reconocernos y no tenemos duda de quiénes somos nosotros con  la capacidad enorme de dar, de amar, de entrega total hacia una meta e ideal de vida.

Lo externo comienza a perder valor y nos apiadamos de lo que hicimos, de lo que sentimos, de nuestros sacrificios y la entereza que tuvimos en todas las tempestades que nos encontró sin resguardo.

Y lo que antes veíamos como sagrado pierde su valor porque no se sustenta con la mente y todo lo relacionado acotado carece de un base firme que nos oriente nuevamente para ese lado.

En consecuencia, sentimos que lo que nos une al universo y a Dios es el lazo de nuestro propio amor sublime que aunque no pueda apoyarse en ideas sólidas lo conocemos y sabemos de su existencia.

De esta manera no sabemos que piensa quien está la lado pero sabemos qué pensamos nosotros, no sabemos cómo sienten quienes están alrededor pero sabemos de nuestra capacidad inmensa de amar, no sabemos de que es capaz quien tenemos enfrente pero sabemos de la audacia y valientía que adquirimos para encontrar la verdad interior sabia que proviene del Cielo Trascendental.

No pudimos ver con nuestros ojos, pero  aprendimos a mirar con el corazón, no pudimos cambiar lo que no nos gusta  pero podemos cambiar nosotros, no pudimos reunir a todos pero podemos acercarnos para ser más, no pudimos traer el Cielo a la Tierra pero podemos crearlo en nuestro interior y remontar vuelo para llevarlo a todas partes, no pudimos creer en un Dios limitado que acota la forma de amarlo pero podemos sentir que abarca nuestro corazón y que paradójicamente puede tomar la forma que desee para ser visto.

Y así, podemos , si queremos, dejar de creer en lo que vemos pero no podemos negar y esconder la mirada que adquirimos cuando nos impregnamos del amor del Dios que armamos con nuestra mente. 

Podemos apagarnos si eso es lo que sentimos pero nada ni nadie puede hacer que deje de brillar el alma de todos los que conformamos el universo, atrapados o libres, decepcionamos o alegres y que escuchemos el latido de quien nos dio la vida y nos observa hasta que soltemos lo que debería hacer para pasar al  debería SER. 

Miremos , mientras  pierde sustento la vida misma , como una fuerza poderosa de amor nos eleva a la inmensidad...pongámosle el nombre que queramos, adornemoslo con lo que más nos gusta pero, por sobre todo miremos su interior porque tiene la misma sabiduría innata que permanece en nuestros corazones..