Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.

Cuando iniciamos el camino de la liberación y resurrección, creímos que como acto heroico y espiritual teníamos que hacer la entrega de lo más preciado, de los sueños más profundos, de los deseos más arraigados pero, sin embargo, cuando llegamos al cede del poder a la vida, nos damos cuenta que nada cambió y observamos que  no nos sentimos mejor ni hay y una mano redentora que nos eleve de las limitaciones del día a día.

Con desconcierto, penas, agobios nos volvemos a preguntar que sucedió,  si ya no tenemos nada en nuestro poder, que es lo que imposibilita una verdadera liberación de lo humano y nos vamos dando cuenta, aunque ya no nos queden muchas fuerzas para analizar, que nuestra entrega no tiene resultados satisfactorios ni de bienestar porque la vida no es un canje de te doy y me entregás en la misma medida categórica o el si hago ésto recibiré aquello.

Existe una naturaleza humana que vas más allá de lo que podemos apreciar con nuestra capacidad de la mente, e inconscientemente nos hace caer  en la trampa hecha por nosotros mismos de la condicionalidad.

No hay respuestas para la mente que se arme fuera de las ideas limitadas  y hasta que no decaiga plenamente el control de nuestras vidas sobre los acontecimientos, seguiremos encontrando angustias trascendentales de la razón y no del alma.

Y aunque no lo queramos, volveremos a vivir todas las frustraciones, las emociones humanas más intensas experimentadas desde muy pequeños, recordaremos cada episodio triste, otros alegres y la melancolía nos acechará en todas las remembranzas donde dejamos una parte de nuestro ser.

 Caeremos , subiremos, no entenderemos y ya no tendremos deseos de encontrar respuestas a nuestra existencia. El cuerpo somatizará el desconcierto, dolerá  hasta la fibra más íntima y sin la fortaleza del aspecto humano estaremos a la deriva sin velas que nos marquen un rumbo determinado.

El ego , ese aspecto inconsciente de toma de poder y hacer las situaciones a su agrado , ante las frustraciones y la impotencia dejará de reclamar su participación en los merecimientos y aunque no comprenda de qué se trata y permanezca en los estados anímicos fluctuantes, soltará el deseo más profundo por el dolor que le ocasionó la no concreción.

Y quizás esos dolores, haciendo una analogía con Jesús, fueron los látigos que quemaron la piel, la corona que lastimó su cara, los insultos, la lanza que atravesó su costado.

Dolor físico y emocional, muerte de todo lo perecedero, tristeza  de ver al prójimo con el desconocimiento  de su esencia espiritual, luchas de poderes que alcanzan resultados nefastos y lleva a la propia muerte a quien sólo vino a traer AMOR.

Alejémomos del dolor, de las pujas inútiles y aunque aún no entendamos que sucede  no perdamos nuestra capacidad hermosa de amar. Bajemos ídolos de papel con formas determinadas llamadas Dios , sintamos que no tenemos nada que buscar fuera nuestro porque esa sensación de plenitud de amor entre las emociones tristes es Dios mismo en todo Su Esplendor .

Dejemos de buscar, está ACA, en la dualidad y en las penas, en la alegría y en la frustración, en tus días, tus amaneceres, tus lágrimas, tus culpas, y por sobre todo en los latidos de TU CORAZÓN...