Si hacemos una analogía entre la grandeza de Jesús y nuestra vida, podremos encontrar que para armonizar nuestras relaciones, es necesario tener la misma grandeza que tuvo El, que nos permita poder decir de la misma manera "Tus pecados te son perdonados."
Las reacciones cuando somos lastimados se transforman en la defensa que sentimos hacer para dejar de ser dañados, recurriendo a escudos protectores que aminoren el corazón que, al haber amado tanto, se siente afectado por su opuesto.
Las emociones a su vez nos indican un estado de ánimo momentáneo pero que no pueden persistir mucho en el tiempo por su condición limitada por lo que, en el momento menos pensado, aparecemos nuevamente amando y olvidando lo sucedido.
La persistencia del enojo o lo crónico del dolor es lo que, como seres humanos completos debemos intentar modificar para poder volver a ser libres del sentimiento que nos moviliza a las más altas esferas.
Seamos precavidos, de ser necesario, no nos acerquemos por temor a ser dañados nuevamente, pero no perdamos la condición de amor que nos hace verdaderamente auténticos.
El dolor, cuando lo dejamos fluir trae una enseñanza y con él , la observación de las distintas variantes que presenta el desconocimiento de quien insiste en tomar su vida a costa de lo que sea arremetiendo contra lo que cree que quiere desviarlo del camino.
Así como podemos ser capaces de elevarnos tanto, también, en su contrapartida, el daño capaz de salir de nuestro ser es tan potente que podemos apreciar los opuestos que nos llevará a conocer, en definitiva, de lo que esencia estamos creados.
No temamos ir hacia la mayor luz y la mayor oscuridad, dejemos fluir los opuestos para hacerlos uno. De la combinación de ambos nace el amor más pleno que se mantendrá tan real y palpable que no podremos volver a la oscuridad en el que yacíamos antes de animarnos a saltar al vacío.
Dejemos ecapar lo que nos agobia y perdonemos los pecados propios y ajenos, regalemos una flor en señal de la compasión y piedad que parte de nuestros corazones.
Aliviemos la carga de las penas y la existencia buscando la sencillez de la vida misma, aunque los problemas nos recuerden que tenemos cosas pendientes por hacer.
Acerquemos y apoyemos nuestra cabeza en el pecho de lo amado y sintamos sus latidos sin miedo. Reconozcamos que forma parte del Universo de Dios y que hace lo mejor que puede.
Tomemos su mano y sintamos su suavidad, miremos sus ojos y descubramos que sigue estando la mirada de Dios a través de él.
Nada se perdió, se está resignificando, nada fue, es ..tal cuál Dios lo creó..ES...
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