Ir pasando por diversas variantes, pudiendo observarlas, vivirlas, sentirlas, llorarlas o amarlas nos da un panorama amplio de alternativas para poder analizar y crear pensamientos nuevos que nos dejen reivindicar lo que en otro momento hubiésemos caratulado como descartable e indeseable.
Cuando podemos ubicarnos objetivamente después de haber sido dañado nuestro inteior, estamos ante una nueva posibilidad para tomar la distancia necesaria y darnos cuenta otra vez que nada es tan categórico como para eliminar de lleno su opuesto porque no nos agradó.
Quizás en el todo se encuentre un toque de esa verdad que vamos formando con tanto insistencia, pero sólo como indicativo de que no hay nada que no esté ubicado donde tiene que estar, y que nuestra capacidad de darnos cuenta es la que nos marcará un después válido menos doloroso después de la resignificación.
En reiteradas ocasiones herimos o somos lastimados con tanta profundidad que si no nos elevamos por sobre esa sensación, es probable que perdamos la perspectiva de lo que se trata. La desazón puede permanecer el tiempo que requiera su sanación pero entender que quien nos hirió no es más que una persona que no puede consigo mismo no da la pauta de por qué no pudo tampoco con nosotros. Llevar la propia mochila de desamor, desdenes y conflictos es suficiente hasta para reaccionar en tono de desconfianza y defensa desmesurada a lo que puede llegar con el manto más amplio de amor.
Es quizás por esa situación que seguimos exigiendo arbitrariamente el cumplimiento de deberes que nos lleve a mirar el dolor ajeno cuando no podemos con el propio. De esta manera es probable que la seudo redención que vivamos, se transforma en la aparente forma que le sirve a quien no puede cimentarse aún sobre sí mismo, pero que para nuestro ser es el alejamiento a poder mirarnos auténticamente el interior.
La naturaleza divina del ser humana nos lleva a no tener que buscar nada afuera porque esa sensibilidad por el dolor ajeno es percibida desde el alma sin necesidad de rezar 1000 Aves María que salve de la catátrofe al prójimo. Si rezar hace bien, adelante, recemos, pero démosle sustento a nuestro rezo acompañando desde la firmeza del ser que sabe donde esta inserto y no que es llevado y se deja llevar por un rebaño que lo hace perder en su propia esencia.
Más allá de toda visión aparente egoísta que puede generar el mirarse continuamente , si no dejamos los prejuicios de lado cuando nos enseñaron a dejar la vida por el prójimo preguntémonos qué tenemos para ofrecer si nuestro ser no está completo. Nutramos el alma primero e intentemos después ayudar a quien quiere ser ayudado porque si hacemos a la inversa es posible que nos quedemos sin la ayuda necesaria para sanarnos nosotros mismos y llegue el momento donde no podamos hacer ninguna de las dos variantes.
No hacer nada al momento no está relacionado con la indiferencia hacia las otras personas sino que es el proceso necesario acorde a una nueva formación que ya no necesita dogmas, testimonios o lugares acotados para su manifestación. Sin el equilibrio propio las fuerzas externos no podrán nunca estabilizarse con nuestro interior y en consecuencia nos encontraremos con más de lo mismo aunque sean circunstancias distintas.
El cansancio es grande, pero el amor también , equilibremos por ahora esas dos situaciones hasta que lentamente, vayamos encontrando la consonancia justa que nos dará el brillo que , aunque por momentos pareciera desaparecer, en realidad sólo va tomando más energía para iluminar con más fuerza y amor cuando llegue el momento adecuado.
