"No me toques, que todavía no he subido al Padre"

Haber dejado el cuerpo físico como lo hizo Jesús no necesariamente implica perecer y dejar de transitar este mundo, sino que podemos seguir teniendo la misma forma humana sin por ello sentir que estamos ahí.

Las muertes no sólo reflejan un abandono de este mundo desde el nivel corporal, sino también una muerte simbólica que puede hacer que sigamos respirando y, sin embargo, sentir que nos fuimos y  no estar asentados  desde todas las partes de nuestra unidad.

El vehículo que adquirimos para recorrer el planeta es sólo la cáscara que nos recubre el alma, y necesita ser elevado para dejar de seguir viviendo el mundo de la dualidad tal cuál lo vemos.

No estar acá ni allá es la transición que vivió Jesús cuando al tercer día resucitó y aún no había ascendido al Padre.

A partir de un cambio de frecuencia de todas las facetas que nos conforman, ni mejores ni peores sino diferentes,  estaremos en un punto de la encarnación donde sólo seremos vistos por quienes puedan ir más allá de sus ojos humanos y se permitan sentir y percibir con el alma quienes somos en esencia.

Así como las vibraciones similares se van uniendo , también se van alejando  cuando no hay una misma sintonía que los mantenga en servicio juntos y como un holograma, iremos viendo los altos y bajos de una vida que nos involucra a todos pero que, sin embargo, no será vivida por igual en cada humanidad.

Podremos seguir haciendo las mismas actividades, tener las mismas relaciones parentales que nos une desde el origen del nacimiento porque somos almas que vamos en conjunto hacia la luz, pero seremos vistos de una manera u otra acorde el nivel de conciencia de quien está a nuestro lado.

Nuestra Misión como humanos es elevarnos a Dios, sentir su vibración en el mundo físico y, una vez logrado, retornar a Casa o  quedarnos para ayudar a quien desea emprender su propio camino de liberación y paz.

Lo que hicimos hasta el momento significó un paso importante para reconocernos en todos nuestros ingredientes humanos, y aunque las emociones nos den subas y bajas anímicas, ya estamos preparados para comprender que no somos ese estado ambiguo sino una luz brillante en el universo de Dios.

De esa manera estaremos viviendo una pseudodualidad porque lo que nos marca un opuesto entre lo humano y espiritual en realidad se trata de la propia naturaleza inherente a cada parte que se está conjugando y transita los Mundos paralelos del Cielo y la Tierra para poder plasmar , en un paso posterior, el arriba en el abajo que tanto anhelamos traer.

Cuando deviene la muerte simbólica ya no se requiere de revisiones para entender quienes somos y cada uno, en su propio camino de redención, sabrá que encontró luego del tercer día que ascendió como lo hizo Jesús.

Los pensamientos se aquietan y los cuestionamientos se fueron con el deceso quedando sólo el alma con sus  facetas anexadas a la espera de subir al Cielo, retomar aires de libertad , y traer la Enorme Luz de Dios nuevamente a la Tierra..