Cuando comenzamos el trayecto hacia la luz, hacia una nueva manera de ver la vida comprendiendo la proveniencia del dolor , cada acontecimiento nos proveyó de conocimientos que fuimos adquiriendo y que nos ayudó a acercarnos cada vez más a la raíz del sufrimiento.
Pasamos por distintas etapas de distinción de bueno y malo, fuimos para un extremo para luego alejarnos a su opuesto, nos percatamos que la diferencia sólo estaba en nuestra mente, lloramos, amamos, creíamos y confiamos, y todo tuvo un movimiento tan enérgico que quedamos elevados pero sin el sustento firme para no sentir que aunque estuviéramos arriba no podíamos evitar tambalearnos y marearnos de tanta adquisición de nuevos saberes.
Ese movimiento nos hizo dudar nuevamente y tuvimos que bajar para descubrir qué había quedado por observar desde lo tridimensional para volver a subir y encontrar la comprensión que nos daría la paz buscada pero, sin embargo, todavía no pudimos encontrar la estabilidad y constancia de la existencia sin los sobrasaltos emocionales fluctuantes.
Ante los sucesos internos y externos, conscientes e inconscientes no nos quedaría más que analizar la posibilidad de estar ante una nueva manera de comprensión relacionada con lo no categórico y dualista que implique una opción por encima de la otra excluyendo de esa forma la no elegida.
Y ahora el desafío será despojarnos de todo el conocimiento que adquirimos, del esfuerzo desde lo netamente personal que implicó tanto movimiento, dudas y certezas y observar la vida desde la posición de que nada está ni bien ni mal, sino más apropiado o menos apropiado, más lindo o menos lindo, pero no los extremos dualistas arbitrarios de lo bueno y lo malo.
Para entender que no hay separación es necesario desprenderse de todo lo que creímos que debía ser exclusivamente de esa manera porque, al elegir desde lo personal humano si todavía hay sombras efímeras no disipadas la aprehensión será desde lo acotado y limitado.
La misión que cada ser humano tiene es brillar en las peores circunstancias y no el tener que optar por hacer el "bien" o el "mal" porque lo que vemos con su distintivo de bueno o malo es producto de lo que el ser opta desde su interior para consigo mismo y no lo que le hace a los demás.
Cuando no escuchamos nuestro corazón quien mayormente se perjudica somos nosotros mismos y lo que el ser desea expresar no son mandatos selectivos sino poder fluir desde su amor y naturaleza divina.
Lo que hace que perdamos brillo son las actitudes emocionables inestables que nos hacen creer que somos eso tanto para nosotros mismos como para los demás sin advertir la esencia que no disgrega ni abre juicios.
Quizás por ello sea necesario el vaciar la copa para dejar de determinar desde la mente . No hay actitudes malas , sólo hay acciones más o menos claras y puras que nos llevan a mostrarnos como lo que no somos.
Vaciar la copa es dar la posibilidad de que la vida y Dios puedan manifestarse sin interferencias y gozar de lo que siempre buscamos pero desde otra perspectiva impersonal.
Nada será negado, sólo llegará en su momento justo pero si nuestra copa está llena el nuevo conocimiento no tiene lugar donde alojarse y se desbordará junto con el resto.
La entrega no es un sacrificio , es una manera humana de actuar para dejar de lado el dolor y la incomprensión. Es entender que los extremos y la dualidad sólo existe hasta que podamos darnos cuenta de que todos, aún lo que tenemos poco brillo, pertenecemos a un Universo Divino que Dios quiere que veamos hasta en las propias sombras que arrojan aún nuestra existencia humana.
