Quien puede sentir el amor en lo más profundo, quien puede
ver la sublimidad en cada una de las personas sin distinguir su comportamiento,
quien tiene mucho por dar y entrega sin escudos protectores, tiene también la
contrapartida de sentir como la lanza que atravesó a Jesús, las palabras
emitidas que pueden no tener mucho contenido, pero que arremeten contra la
sensibilidad del alma sin distinciones.
Aprendimos a ser condescendientes, a dar ayuda incondicional
sin esperar nada a cambio, pero nos faltó la práctica de la elevación que
permita no absorber la crueldad de quien al no poder hacerse cargo de su propia
vida proyecta hacia afuera sus inconvenientes.
No nos gusta enfrentarnos con el desconcierto de lo que
tenemos dentro y, ante la imposibilidad consciente e inconsciente, trasladamos
ese enfrentamiento a quien solo nos hizo de espejo para despositarle todas
nuestras incapacidades.
Manoteamos lo que tenemos más cerca, nos aferramos a
creencias inútiles y obligamos a nuestra alma a transitar caminos de
separaciones porque el ego determina y distingue una falsa ilusión de buenos y
malos haciendo bandos indiscriminados de alejamiento por conveniencia.
Si miramos los grandes referentes , aquellos que han sentido
en carne propia la crueldad y enjuiciamiento, cabría preguntarse que golpe
habrá sido más duro, si el látigo en la carne o el desconocimiento de la
masa que ante la indiferencia lo condenó a la muerte.
Creemos que tenemos que mirar al que está al lado para
hacerle ver las miserias, cuando no somos capaces de observarnos primero para
entender que nadie tiene el poder de abrir juicios sobre lo que no nos
pertenece.
Mientras sigamos viendo sólo el árbol va a ser muy difícil
apreciar el bosque.
No hay pena mayor que ver pasar la vida donde cada grupo sectario va
formando sus islas alejadas del resto con la convicción de que están armando
una comunidad de nobles y puros siendo los que no seguimos sus normas,
los descarriados del pastor.
Quizás lo que aún no pudieron captar es que no somos los
rezagados del pastor, sino los desapegados del poder porque ya no nos atrae las
pujas sin sentido y menos aún los enfrentamientos.
No fusionarse entre las imposiciones de la razón es quedarse
callado como lo hizo Jesús cuando fue indagado y provocado al no poder
revertir su postura para que vieran con el corazón y observar que las únicas
miradas provenían de la ceguera de la mente en busca del provecho propio.
Con un desconocimiento consciente o inconsciente vamos por
la vida hiriendo a quienes sólo ofrecieron nuestro amor y, como todo en el
mundo de Dios, requerimos encontrar el equilibrio para no juzgar pero tampoco
involucrarnos justificando el accionar de quien no está dispuesto a mirar
alternativas diferentes que su propia mirada homogénea.
Después de todo, el templo interior no puede ser afectado
por ningún acontecimiento externo que pudiera modificar nuestra esencia ,
podremos llorar, penar, sentir la tristeza más profunda pero, lo que sea, será
sentido por nuestro aspecto emocional humano que no tiene la perennidad del
alma y por lo tanto en algún momento desaparecerá.
Cuando nos preguntamos insistentemente por que motivo
sentimos tener que mirar nuestro interior, inmediatamente tendremos la
respuesta cuando advirtamos que esos actos y palabras crueles no nos están
reflejando porque el espejo del alma no requiere mirar más afuera lo que
encuentra en su interior...
Y ahí está El....y ahí es donde El quiso que miremos para
entender la grandiosidad que poseemos como esencia que no necesita del afuera
para nutrirse, ya que no tiene nada por tomar ni entregar sino por compartir..
No se quita ni se pierde, se ofrece el amor más puro para
ser fusionado con quien también pudo reconocer y reconocerse dentro del mundo
de Dios, dejando de lado maneras que demandan perderse entre el ser y el hacer
, el pensar y el sentir, y el mundo de la forma con el inabarcable universo de
Dios que no puede ser acotado y menos aún disgregado....
