Aceptar que poseemos un aspecto emocional intenso humano que
no tenemos que cambiar sino comprender, es la premisa fundamental para no
quedarnos melancólicos a la espera de la iluminación que nos eleve sin
sentimientos contradictorios en nuestra forma de percibir la vida.
Observar que somos temperamentales, confusos por momentos y
que traemos un bagaje de conocimientos adquiridos desde la niñez, nos denota
que podemos ser elevadamente sensibles y a su vez, mantener una cuota de
indiferencia y cansancio de nosotros mismos cuando sentimos que no podemos
trascender lo humano acotado en sensaciones de agotamiento y fastidios.
Quizás el ser maravillosamente complejos es la manera en que
tenemos que pasar el tránsito por esta vida para dejar de distinguir lo bueno
de lo malo, haciendo distinciones y comparaciones inútiles.
Tenemos un temperamento que no nos hace ni mejor ni peor, ni
agradables ni desagradables , sino que nos advierte que si bien no somos eso en
esencia, tampoco podemos negar que nos pertenece.
Y aceptarlo es reconciliarnos con nosotros mismos para
mejorar lo que no nos gusta y para aprovechar esa fuerza enérgica temperamental
y apasionada para el logro del deseo personal o impersonal.
Si aún estamos en la búsqueda de la propia satisfacción en
el mundo de la forma el ímpetu que da el enojo es el mismo que da el coraje
como fuerza en sí misma y si logramos descifrar ese movimiento sin ponerle
nombre categóricamente e intentando cambiar el orden, es probable que
podamos encauzar adecuadamente la vibración sin quedarnos penando por el
arrepentimiento de nuestros actos.
Si nos sentimos canales de Dios no hace falta el castigo
cuando las emociones nos descolocan del eje sino la sabiduría de reconocernos
como seres humanos en busca de la transparencia para ser la voz del
universo.
Aprendamos a dejar de distinguir haciendo desigual los
aspectos inherentes al ser, comprendamos que sólo pertenecen a distintas
esferas vibracionales y por lo tanto cada una se mueve dentro del entorno que
le corresponde. A mayor densidad , la confusión arremete y nos descoloca por
momentos , no peleemos para eliminarlo sino para dejar que sólo ocupe el lugar
transitorio que le pertenece en el campo emocional.
En esencia no somos nuestros desbordes ni sensaciones
ambiguas, y si dejamos que pasen sin escandalizarnos es probable que aprendamos
a convivir con ellas sin sentirlas como enemigas.
Si logramos mirarnos y entender que rodea el existencialismo
estaremos un paso adelante en la comprensión de quien está al lado al
observarlo en las acciones que no indican su sustancia interior.
Todos somos seres plenamentes divinos y formamos parte del
Universo de Dios, y si la mente puede acompañar viendo sigilosamente cómo
actúan las emociones y las ubica en el lugar que le corresponde, es probable que
dejemos de sentirnos disgregados y bipolares cuando el amor calmo y puro se
encuentra con el imperativo accionar de las sensaciones frenéticas.
Busquemos la fusión del aparente antagonismo que es probable
que cuando queramos unirlo nos demos cuenta que no hay nada por integrar ,ya que
formamos una sola unidad completa en sí misma que no distingue sus aspectos
sino que los complementa.
Dejemos de sentirnos indignos por no elevarnos
permanentemente, busquemos comprendernos y comprender, y encontremos más las
analogías entre nosotros y no tanto las diferencias.
Así es como Dios nos ve, el Dios de la forma, de la no
forma, tu Dios interior, el Dios de Todos...
así es como nos ama por igual, así es como quizás quiere que
lo comprendamos....
Dejemos de sentenciar lo que no nos gusta y amemos hasta el
más mínimo detalle ..amándolo es como puede ser no sólo sanado sino redimido....
