Haber entregado mucho amor durante nuestras vidas, haber
creído, confiado y ofrecido lo mejor del Ser, implica un riesgo que no
siempre somos conscientes de la magnitud que conlleva.
La inocencia que forma parte de nuestros primeros años de
vida, con el transcurso del tiempo y los conocimientos que la formación nos fue
dando, se van perdiendom convirtiendo el natural fluir de la esencia en
escudos armados mentales expectantes para retener cualquier daño que pueda
generar la disgregación de nuestro interior.
Los cuidados que aprendimos tener, sumado a las decepciones
que las personas y situaciones nos fueron brindando, nos arman para una
propicia defensa que nos marque restricciones a las propias
manifestaciones que iluminaban nuestro ser y haciéndonos perder
parte del alto potencial de esencia. que busca resurgir para descubrir de
que se tratan esas heridas de las cuáles nos empeñamos tanto en tener lejos.
Sin embargo, la esencia que se expresa a través de la
ingenuidad, sencillez y simpleza, busca resurgir para descubrir y resignificar
las heridas ocasionadas pero posiciones determinantes externos nos atropellan
una vez más, lastimando nuevamente lo que dejamos tan amorosamente
desprovisto de armaduras y generándonos de esa manera, una complejidad mayor a
nuestro nuevo andar.
Ante esta situación frágil, ya no estamos dispuestos a
negociar con personas ni la vida misma el seguir permitiéndonos el
fluir abiertamente desde nuestro corazón y, como consecuencia, acorde
a esa fortificación mental, iremos buscando la protección necesaria que
nos resguarde y ayude a estar cobijado sin esas fluctuaciones emocionales que
nos confunden y desorientan.
Pero armar dicha fortaleza requiere de muros tan fuertes que
no podemos permitir ni por un instante que el sentimiento pueda
resurgir por sobre la razón y el tener que armarlo dentro de estructuras
sólidas nos implica una negación a nuestra esencia física y espiritual.
El miedo a ser lastimado es tan desmesurado que preferimos
dejar nuestras vidas en una ortodoxa y cerrada visión que nos ofrece resguardo,
y que, como agradecimiento a la protección tenemos que pagar con
creces acatando ideas y acciones para alcanzar la estabilidad
ficticia.
Entramos así en el trueque y condicionantes de intercambiar
una cosa por otra y aunque a veces podemos ser conscientes de eso y
vislumbrar una necesidad de liberación, el temor nos sigue encegueciendo tanto
que nos convencemos que es lo mejor para nosotros y que nada está equivocado ya
que tenemos la plena libertad de elección para estar donde estamos.
No obstante, esa aparente firmeza y albedrío que decimos
ejercer, nos condiciona externamente cuando dejamos de ser libres hasta
de pensamientos e internamente cuando sentenciamos como real un
posible daño que existe sólo dentro de nuestros conjeturas.
La vida no genera acontecimientos desafortunados, nosotros
los tomamos como inadecuados al ir en dirección contraria a las expectativas y
experiencias que estamos vivenciando.
Cabría replantearse si no valdrá la pena salir del
armazón creado para mirar que hay afuera porque es probable que si
nos seguimos resistiendo a crecer y optamos por una apacible vida, el
precio por pagar sea la atadura de nuestra propia esencia que no requiere de
acotaciones mentales para saber donde está brillando.
Quizás podremos estar libre en el cielo y el viento
llevarnos bruscamente para todos lados pero en algún momento la calma aparecerá
y las fuertes ráfagas se convertirán en suaves brisas.
Respetemos los tiempos de asimilación si es necesario, pero
aceptemos que no podemos ser condicionados por el miedo que la propia mente
armó como defensa a lo que una vez sucedió en nuestras vidas.
Si pudiéramos tomar como enseñanzas esas mismas
heridas que tardaron mucho en sanar, entenderíamos que sólo estuvieron como
respuestas al desconocimiento y un nuevo aprendizaje y no como algo fortuito
sin fundamentos.
Si nuestro interior está firme en su esencia, nada puede ser
lastimado más que el ego mismo porque el ser humano si encuentra su verdadero
camino de redención y trascendencia no necesita más que del amor para nutrirse.
Dejemos que nuestro ser pueda manifestarse en el amor más pleno y no permitamos
que el temor nos prohíba de lo que nos completa el alma como unidad que
somos.
Intentemos descubrir en las emociones que nos llevan a
nosotros mismos la sabiduría de la comprensión de que están para instruirnos y
no resguardarnos de lo que la vida tiene para ofrecernos. El amor no
teme, el amor se manifiesta , no lo tapemos con las sombras que creemos que nos
tienen que quitar de afuera. Permitamos que pueda SER y dejemos que siga
brillando primero para alumbrarnos a nosotros mismos y luego a toda la
humanidad.