"Jesús les habló, diciendo: Confiad, YO SOY; no tengáis miedo"


Haber entregado mucho amor durante nuestras vidas, haber creído, confiado y ofrecido lo mejor del Ser,  implica un riesgo que no siempre somos conscientes de la magnitud que conlleva.

La inocencia que forma parte de nuestros primeros años de vida, con el transcurso del tiempo y los conocimientos que la formación nos fue dando, se van perdiendom convirtiendo el natural fluir de la esencia  en escudos armados mentales expectantes para retener cualquier daño que pueda generar la disgregación de nuestro interior.

Los cuidados que aprendimos tener, sumado a las decepciones que las personas y situaciones nos fueron brindando, nos arman para una propicia defensa que nos marque  restricciones a las propias  manifestaciones que iluminaban nuestro ser y  haciéndonos  perder parte del alto potencial de esencia.  que busca resurgir para descubrir de que se tratan esas heridas de las cuáles nos empeñamos tanto en tener lejos.

Sin embargo, la esencia que se expresa a través de la ingenuidad, sencillez y simpleza, busca resurgir para descubrir y resignificar las heridas ocasionadas pero posiciones determinantes externos nos atropellan una vez más, lastimando nuevamente  lo que dejamos tan amorosamente desprovisto de armaduras y generándonos de esa manera, una complejidad mayor a nuestro nuevo andar.

Ante esta situación frágil, ya no estamos dispuestos a negociar con personas  ni la vida misma  el seguir permitiéndonos el fluir  abiertamente desde nuestro corazón y, como  consecuencia, acorde a esa fortificación mental, iremos  buscando la protección necesaria que nos resguarde y ayude a estar cobijado sin esas fluctuaciones emocionales que nos confunden y desorientan.

Pero armar dicha fortaleza requiere de muros tan fuertes que no podemos permitir  ni por un  instante que el sentimiento pueda resurgir por sobre la razón y el tener que armarlo dentro de estructuras sólidas  nos implica una negación a nuestra esencia física y espiritual.

El miedo a ser lastimado es tan desmesurado que preferimos dejar nuestras vidas en una ortodoxa y cerrada visión que nos ofrece resguardo, y  que, como agradecimiento a la protección  tenemos que pagar con creces acatando ideas y acciones para alcanzar  la estabilidad ficticia. 

Entramos así en el trueque y condicionantes de intercambiar una cosa por otra y aunque  a veces podemos ser conscientes de eso y vislumbrar una necesidad de liberación, el temor nos sigue encegueciendo tanto que nos convencemos que es lo mejor para nosotros y que nada está equivocado ya  que tenemos la plena libertad de elección para estar donde estamos.

No obstante, esa aparente firmeza y albedrío que decimos ejercer,  nos condiciona externamente cuando dejamos de ser libres hasta de pensamientos e  internamente cuando  sentenciamos como real un posible daño que  existe  sólo dentro de nuestros conjeturas.

La vida no genera acontecimientos desafortunados, nosotros los tomamos como inadecuados al ir en dirección contraria a las expectativas y experiencias que estamos vivenciando. 

Cabría replantearse si no valdrá la pena salir del  armazón creado para mirar que hay afuera porque es probable que si nos seguimos resistiendo a crecer y optamos por una apacible vida,  el precio por pagar sea la atadura de nuestra propia esencia que no requiere de acotaciones mentales para saber donde está brillando. 

Quizás podremos estar libre en el cielo y el viento llevarnos bruscamente para todos lados pero en algún momento la calma aparecerá y las fuertes ráfagas se convertirán en suaves brisas.

Respetemos los tiempos de asimilación si es necesario, pero aceptemos que no podemos ser condicionados por el miedo que la propia mente armó como defensa a lo que una vez sucedió en nuestras vidas.

Si pudiéramos tomar  como  enseñanzas esas mismas heridas que tardaron mucho en sanar, entenderíamos que sólo estuvieron como respuestas al desconocimiento y un nuevo aprendizaje y no como algo fortuito sin fundamentos.

Si nuestro interior está firme en su esencia, nada puede ser lastimado más que el ego mismo porque el ser humano si encuentra su verdadero camino de redención y trascendencia no necesita más que del amor para nutrirse. Dejemos que nuestro ser pueda manifestarse en el amor más pleno y no permitamos  que el temor nos prohíba de lo que nos completa el alma como unidad que somos.

Intentemos descubrir en las emociones que nos llevan a nosotros mismos la sabiduría de la comprensión de que están para instruirnos y  no resguardarnos de lo que la vida tiene para ofrecernos. El amor no teme, el amor se manifiesta , no lo tapemos con las sombras que creemos que nos tienen que quitar de afuera. Permitamos que pueda SER y dejemos que siga brillando primero para alumbrarnos a nosotros mismos y luego a toda la humanidad.