Recibir aunque sea por un lapso breve la comprensión de nuestro recorrido por la vida que nos estigmatizó o elevó, requiere de un tiempo de asimilación por parte de las facetas de nuestra unidad que todavía no pueden vibrar en la misma frecuencia del Ser que está en plena fusión con la sabiduría de Dios.
El ser humano viene al mundo con una condición de necesidad a una formación que le indique el rumbo a tomar con valores y premisas a incorporar para su crecimiento que, acorde a su edad y desarrollo personal, presentará un mejor aprovechamiento a los conceptos enseñados. Sin embargo, no todos recibimos los mismos saberes con la misma profundidad y según el lugar, familia y contexto en el cuál estemos insertos será más completo, menos rígido, sin tantos obstáculos y aunque tengamos un denominador común en edades o culturas no podemos afirmar que vayamos todos paralelamente iguales en dicho aprendizaje.
Si nuestra mente está mayormente capacitada a recibir los complejos vaivenes emocionales porque les permitimos que fluyan aunque nos generasen dolor, es probable que la apertura a nuevos conocimientos sea más amplia y abarcativa que aquel que no pudo enfrentar por temor, condición acotada, desorientación o lo que fuera, lo que la vida le quiso mostrar.
No obstante, la vida nos dará muchas oportunidades para que podamos aprender dentro de la enmarañada complejidad del ser humano y así como cuando eramos niños ibamos a la escuela para adquirir conocimientos, de nosotros dependerá exclusivamente cuando somos grandes de poder avanzar , quedarnos quietos o abandonar lo que sabemos que es para nuestro beneficio.
Los tiempos que las personas requeramos para aproximarnos a nuestra propia certeza que nos elevará sobre nosotros mismos, estará signado por la predisposición a la apertura que nos deje contemplar todo el espectro de verdades para poder hacer propia la que mayor paz nos brinde, pero aceptando también como válidas las afirmaciones ajenas aunque no estemos armonizamos ni fusionados con ellas.
Los seres humanos cuando no podemos flexibilizar la razón haciendo arbitrarios los pensamientos, perdemos la capacidad de proyección sobre lo que conforma el otro lado de la vida misma y si no permitimos que las sutilezas entren a nuestro interior es posible que los tiempos de asimilación sean realmente extensos.
Nos enseñaron generalmente a hacer determinantes y precisos los conceptos de los saberes que nos inculcaron, pero muy pocas veces nos enseñaron a pensar para hacer permeables las calificaciones y favorecer las posibles verificaciones posteriores.
Aprendamos a recapacitar y reflexionar, hagamos más corto el trayecto de la comprensión ayudando desde nuestra mente a que nuevos conocimientos puedan incorporarse sin generar por eso miedo a lo desconocido.
Aunque todavía no entendamos no sentenciemos lo que puede no ayudarnos porque probablemente sí le servirá al otro.
Respetemos nuestros tiempos para dejar que la propia sabiduría vaya mostrándonos el camino de regreso a casa, y si no podemos colaborar desde nuestras otras facetas permanezcamos apacibles y confiados en que nada ni nadie quiere llevarnos a la oscuridad sino que, si no nos desprendemos de nuestras propias sombras, la luz tardará más en aparecer.
Intentemos captar que nos quiere decir la esencia del alma cuando está en la paz de Dios y subordinemos nuestra mente a esa calma que nos seguirá mostrando el camino de la redención, acompañándola desde el discernimiento del silencio y los pensamientos oportunos para su propia realización.
