Ver como las situaciones se complejizan, las emociones
fluctúan y la persistencia de no ver cambios en el afuera es, quizás,
el último llamado para que dejemos de mirar en lo externo y reconozcamos
que la propia verdad está en el interior de cada uno de nosotros.
Estamos tan acostumbrados a los libros, los maestros, los
referentes y la formación que siempre nos dijo como deben ser los
comportamientos, las actitudes y los pensamientos que no hay alternativa
posible que la devaluación de todo lo externo para que definitivamente podamos
saber quienes somos en esencia.
La distracción de lo que hace el otro y la espera del
milagro que reviertan los dolores por lo que no es, nos hacen perder la
perspectiva de hacia donde tendríamos que mirar para encontrar la propia
liberación.
No venimos a cambiar al otro, venimos a recorrer un camino
de espinas que perdurará hasta que podamos darnos cuenta del tesoro grandioso
que poseemos en el interior .
Si la vida y el Dios de afuera no hace su intromisión,
preguntémonos que verdad ficticia se encuentra confabulando en detrimento
nuestro para que aprendamos a dejar de echar culpas, cuando tenemos en nuestra
esencia la posibilidad de no salir dañado por las circunstancias de aprendizaje
del resto.
Si el Dios de afuera no existe, no nos satisface, creemos el
Dios interno que tiene todas las capacidades para hacer el mundo maravilloso de
amor que anhelamos. Esa fuerza poderosa que tanto nos moviliza y que esperamos
ver no está ajeno a nosotros y mientras sigamos mirando el entorno es probable
que nos sigamos perdiendo entre el desconcierto y la desazón.
No venimos a cambiar el mundo, estamos para cambiar nosotros
pero no a la espera de una fuerza redentora que nos libera de nuestras propias
sombras sino con las herramientas que Dios nos cedió durante el aprendizaje que
venimos llevando desde hace tanto tiempo.
Mientras sigamos pensando que no somos capaces de liberarnos
de nuestro propio dolor nunca va a desaparecer porque nosotros mismos le
estamos dando la forma para que se aloje en el corazón.
Descansemos si lo necesitamos, dejemos fluir las lágrimas y
permitámonos sentirnos tristes si es lo que sentimos, pero dejemos de
buscar en el otro la propia redención.
Dejemos de reflejar lo acotado, lo que creímos que eramos y
lo que esperábamos de la vida..
..sólo cuando el velo del olvido pueda correrse por completo
nuestra misión habrá terminado y livianos y libres podremos emprender la Vuelta a Casa...
