Si volvemos a realizar un análisis más exhaustivo de las situaciones con sus correspondientes sensaciones y sentimientos, podremos observar que, en muchas ocasiones, esperamos la culminación de lo que algún día iniciamos pero, cuando no llega, volvemos al desconcierto del interior que aún sigue buscando la forma de trascender entre los cambios de giros inesperados.
No sólo nos enseñaron sino que hemos vivenciado el final de lo que alguna vez comenzó, ya sea desde nuestros gratos momentos o desde el encierro y ahogo de los peores días.
Cíclicamente pareciera como si se fueran sucediendo y repitiendo episodios en paquetes cerrados que nos marcan una limitada manera de ver, sentir, pensar pero que, sin embargo no nos libera al bienestar constante.
La vida misma nos fue mostrando todo lo que interpretamos como limitado, y al ser recurrente en extremo seguimos fluctuando intermitentemente deseando que el final que requeramos para el descanso de tanta lucha llegue lo antes posible.
Volvemos entonces a mencionar cuerpo, mente y alma. No podemos restringir ni reducir lo que existió y existirá por siempre , esa faceta etérea que tanto trabajo nos dio el conocerla y amarla pero si queremos acotarla desde nuestro nivel humano con lo perecedero de la materia probablemente seguiremos yendo y viniendo infinidad de veces hasta caer desplomados a la espera del tren que nos marque el final definitivo y nos lleve hacia algún lugar.
Con esta premisa alentadora algunas veces y desmoralizadora por otros si nos encontramos en la lucha cotidiana de subsistir al sistema externo e interno, cabría preguntarse cómo relacionamos ante la unidad que somos los momentos que se presentan tan radicalmente opuestos y abruptos en tristezas y alegrías, llantos y lágrimas con el eterno sentir de la esencia del alma.
Las emociones son sensaciones que están ligadas estrechamente a nuestra condición humana porque forma parte de esa faceta que nos informa captando el medio externo y tradiciéndolo al interior de una manera determinada.
El miedo, la tristeza, la alegría , el optimismo, la pena son los canales directos a nuestro ser que a través de la interpretación que hace la mente que nos advierte lo que está sucediendo afuera. Si no tuviéramos la captación del entorno posiblemente no podríamos sobrevivir mucho tiempo sin ser afectados porque esas señales de alerta mantienen una preservación del ser , pero también están esas otras emociones que inconscientemente nos llegan sin saber por que , pero que tienen estrecha comunicación con lo vivenciado como experiencias de vida favorables o desfavorables. En consecuencia, el enfoque perceptivo y real de los acontecimientos padecidos nos condicionará el presente como personas emocionalmente tranquilas o inestables y confundiendo la visión al instaurar un ser definido más por las emociones que por la propia esencia.
Quizás por eso buscamos el final que no llega, lo finito de las situaciones, el darle un término a lo que nos viene marcando impresiones poco firmes cuando en realidad lo que creímos que va y viene, no salió nunca de adentro nuestro porque sólo buscó las herramientas necesarias de adaptación a situaciones, desapareciendo, regresando y generando cimbrobazos emocionales cansadores.
Si podemos mirar detalladamente nuestras propias sensaciones podríamos entender el por que de las oscilaciones al considerar que nada se ausentó sino que se modificó al transformar la traducción que hicimos del hecho vivenciado. El mirarnos continuamente nos da la posibilidad de recrear la vida misma al hacer un nuevo significado de lo que nos llega como finito y externo.
Cuando nuestro ser está en paz y no vive algún dolor desgarrante que hace que pierda la visión de la totalidad, no hay alteración alguna interna aunque por fuera pasen los mayores acontecimientos porque la tranquilidad no será afectada pero, si vemos que dentro nuestro todo va fluctando entre desgarros y pérdidas pero advertimos que , afuera no pasó nada quizás sea el momento de darnos cuenta definitivamente por que no podemos dejar de mirarnos dejando de responsablizar a otras personas o circunstancias. No puede tener fin lo que nunca tuvo que comenzar porque siempre fue y no puede haber reencuentro si en realidad nunca estuvo separado.
La ilusión de la separación es lo que la mente capta y traslada a nuestro corazón, y cuando esas verdades ficticias empiezan a perder sustento nos vamos dando cuenta que nada en esencia termina sino que la adaptación y percepción al medio es la que nos hace creer que llegamos a un cierto lugar donde tenemos que marcar el límite de lo finito.
El amor no termina, lo que termina es la visión del amor que tenemos y acorde a como fue vivenciado y con sus experiencias a cuestas tendrá una apertura diferente en cada uno de nosotros.
Nuestra naturaleza humana requiere de poder analizar siempre , discriminar, elegir pero cuando cae cansada y vencida la perspectiva comienza a ampliarse dando paso a nuestra faceta espiritual que brilla por sí misma para encontrar el equilibrio. Las trabas, las sombras no vienen de afuera, están en la corteza cerebral que dictaminó, vió, juzgó y quiso hacer su propio camino de redención desde lo finito. El sufrimiento no es innato por eso se puede trascender, resignificar, comprender y para que el hombre nuevo pueda renacer es necesario que muera el hombre viejo que sólo conoce una parte del funcionamiento del ser.
Tal vez un primer punto de partida para el cambio definitivo sea el observar, captar, y vivenciar sin poner obstáculos, todas las emociones que van llegando y saber de dónde vienen o que están queriéndonos decir. Las emociones son auténticas pero desde la visión humana y como respuesta a esa naturaleza, pero como pueden ser maleables está en nuestras manos revertirlas con la comprensión para dejar de identificarnos con ellas.
El proceso puede ser largo y posiblemente demandará mucho dolor para ser sanado pero la propia experiencia de vida puede dar fe que hay una forma de elevarnos para dejar de sentir que tenemos que ser de alguna manera determinada. Ya entendimos que esos roles podemos plasmarlos sin perdernos en lo que hacemos pero, si no vivenciamos desde nuestro ser todas las sensaciones, emociones y sentimientos de nada sirve que tengamos una enciclopedia enfrente para la superación.
En el camino del aprendizaje hay muchas cosas para dejar pero también muchas para tomar y en el aliento de ese ímpetu personal por superarse estarán los frutos de la cosecha que venimos trabajando desde hace tanto tiempo. Y en la paz de ese interior es donde también, cada uno en particular se encontrará con su Dios eterno y aquellas personas que consciente o inconscientemente nos acompañaron desde toda la vida...en el AMOR, EN NOSOTROS , EN EL ...Y EN TODOS...
