Cuando nos sentimos con miedo estamos incapacitados y aunque se nos generan mucha ansiedad,
angustia, en realidad donde más fuertemente se manifiesta es en el
terror que produce el desconocimiento de no saber con que nos vamos a encontrar.
Pensemos que de niños, naturalmente y paralelo a nuestra
formación , fuimos adquiriendo muchos temores que, acorde a la edad,
tenían mayor o menor intensidad en el cuerpo y mente porque
según como se nos presentaban, nuestra psiquis estaba o
no preparada para tal desajuste.
Animarse a caminar, a quedarnos solos, el primer día
de jardín, el primer examen, nuestro primer amor con el miedo a no ser
correspondido, nuestro cambio de etapas, la adolescencia y sus modificaciones
emocionales....y así muchas más...
Hoy nos vemos de grandes y pensamos que cuando somos adultos
nuestro deber como tal es que, si tenemos terror, debemos camuflarlo, poner
nuestra mejor cara de
-acá no pasa nada, y darle para adelante.
Incomoda sobremanera estar temerosos
porque cansa, aflige y nos desestabiliza y, aunque muchas veces creemos
que los miedos se pueden clasificar en fundados e infundados, observemos que, en
realidad todos tienen su valor cierto y real en cuanto a cómo los sentimos acorde
a como asimilamos lo aprendido.
Lo que para una persona no implica ningún movimiento
negativo, para la otra puede que sí y no por eso puede ser descalificada
la emoción con su correspondiente sensación de ahogo.
Analizándonos y remontándonos a la niñez nos animaríamos a ampliar los primeros conceptos y perjuicios.
Si no vamos a buscar la pelota a un lugar oscuro somos unos
miedosos, si no somos desenvueltos y nos genera timidez el estar en evidencia
somos muy aprehensivos o débiles , si no nos animamos a hablar con quien nos gusta somos unos cobardes...
Ahora somos grandes y, aunque nos cueste , tenemos que
reconocer que nos vemos reflejados en el espejo de cuando éramos niños.
Nos miramos y nos preguntamos…todavía seguimos con miedos? Y sí, porque los miedos del adulto tienen que ver más con las apariencias, con el
temor a la crítica, a fallar, a no ser lo suficientemente fuerte para mantener
una decisión en el tiempo.
Creemos que nos mirarán mal, que hablarán sin piedad, que
nos sentiremos muy vulnerables y sufriremos mucho, como si nuestra vida
dependiese del afuera, y esas personas que nos pueden juzgar fuesen ángeles de
Dios enviados por El.
Pero en verdad, lo que llegamos a darmos cuenta es que el
mayor sufrimiento es el miedo mismo, no el origen ni la consecuencia,sino lo
que aprendimos de lo que significa por sí mismo y esa sensación de que estamos
en la mira.
Si partimos de la premisa que todo temor es válido, no
se sustenta mucho el peso que tiene en sí mismo la causa porque , en varias
ocasiones, perdemos de vista lo que gestó ese miedo y sólo le tenemos
terror a sentir miedo.
La sensación está tan pegoteada que perdemos de vista el
motivo pero recordamos que, ante eso nos sentimos así y , por lo tanto
debemos volver a tener miedo.
Esta emoción que nos desgasta no es más que la percepción
exagerada de una situación extrema que creemos que nos devastará.
Si me enseñan a temer ésto o aquello es comprensible que,
ante el primer indicio de alguno de esos factores, huya sin saber a donde para
defenderme.
Con esta emoción a cuestas es natural sentir que vamos
perdiendo de vista el objetivo , no saber donde estamos insertos y menos
para donde vamos y la confusión es tan grande que no comprendemos nada.
Nuestra mente está tan en actividad, con tantas
situaciones donde tiene que sobrevivir, que esa intensidad de pensamientos que
tenemos que adaptar a cada aspecto de nuestro vivir, muchas veces toman
direcciones inciertas y nos confunden hacia donde van y hacia donde
deberían ir.
Esto para ésto, aquello para ésto y aquello, ésto para mi,
ésto para no considerarlo, ésto dentro de aquel concepto y así infinidad de
veces que nos enredamos frecuentemente en el hacer, ser, y sentir.
Y si queremos unir el miedo con la confusión nos animaríamos a
decir que tenemos un camino recorrido y como
tal podemos intentar revertir lo que nos pasa porque tenemos también una vida
donde ejercitamos mucho la mente y así como ella fue la que recibió las ordenes de
a qué temerle ella también puede revertirlo dándole una resignificación.
No creo que tengamos que sentarnos y resignarnos a que
simplemente somos así porque estamos un poco confundidos.
Notemos que nos sucede... ya desde chiquitos pareciera
que la comida en la casa del vecino es más rica y sin esfuerzos y, sin
embargo, es la misma que la que está en mi casa.
Creer que el otro es o está mejor es el
reflejo de la catástrofe que es nuestra vida en ese momento. Huimos de lo que
nos pasa y viajamos, cambiamos de casa, de pareja, de carrera, como si cambiar
lo externo fuese a revertir lo que está sucediendo adentro.
Cuando la mente no está en afinidad plena con el corazón es
probable que la confusión aparezca muy seguido. Si nos tironean para un lado y
otro y no sabemos cuál de los dos es el certero es imposible mantener un orden
que nos clarifique nuestro vivir.
Sin embargo, podemos decir que todas las sensaciones,
experiencias, sentimientos, son válidos y por eso estar aturdido no
siempre es sinónimo de estar perdido.
Ahí surge el interrogante de por qué están ya que...Si no
tenemos todas las alternativas presentes donde podamos verlas, compararlas ,
sentirlas, cómo podríamos saber cuál deseamos elegir?
Si la mente colabora en cambiar el concepto
que se le inculcó en la formación o sólo reconocer que no tiene razón de ser,
Dios y el alma va a encontrar el lugarcito necesario para traer la calma y la
sabiduría de enseñar que podemos tener terror de tirarnos a lo desconocido pero
que si no lo hacemos no tiene como tomarnos en sus brazos para empezar a
hacerlo conocido.
En definitiva , la confusión es el paso previo
a la sabiduría porque no hay que eliminar ni negar los pensamientos, sólo reorientarlos
y darles el tiempo necesario para que puedan generar una reformulación de lo
aprendido.
De esta manera las dudas, los miedos y la consternación se
irá esfumando de a poco para dar paso a la manifestación más pura y franca del
ser humano ...la que silenciosamente quiere salir y muchas veces no la dejamos..
No existe nada a lo cuál la parte de Dios que todos tenemos
dentro le tenga temor ni permanezca confundida. En ella no hay alteración que
tenga que ver con sensaciones ni juicios, pero si no analizamos la función que
tiene cada una de las emociones en nosotros vamos a seguir repitiendo
sólo oraciones de liberación al limitarlo con nuestros pensamientos..
Ayudemos a Dios con la comprensión, y para ello y por
la naturaleza humana que tenemos necesitamos utilizar la mente, el raciocinio,
porque si en algún momento de nuestra vida la orientamos hacia un lado, ahora
tendríamos que enseñarle también a que puede ir hacia otra
dirección sin sentir por ello que perdió algo en el camino.
