"Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables"

Haber recorrido interminables trayectos de vida donde intentamos captar lo trascendental para elevarnos sobre el sufrimiento, no significa que no volvamos a tener las mismas caídas para aprender de la misma situación.


Como seres humanos que somos necesitamos quizás de muchas pruebas y errores para afianzarnos y ,aunque el dolor nos recuerde lo que no fue apropiado, volvemos a adentrarnos en lo que creímos que ya estaba superado.

El juego de la vida es un aprendizaje donde , a diferencia de los demás juegos, puede tener muchos participantes, pero los resultados no tendrán que ver con las proezas logradas como superación al otro, sino a uno  mismo.

Saldrá victorioso quien pueda sobrepasar sus propios obstáculos en base a las capacidades de ver lo que no tiene sustento real y lo que tiene el valor de permanecer en nuestro ser porque genera el brillo que no produce  sombras.

Mirar el camino de quien está al lado , como en la mayoría de los juegos sucede, da paso a una sanción que en la vida será traducida en dolor, pasos para atrás y una espera de turnos para la recuperación que nos introduzca nuevamente a la experiencia. 

Si bien sabemos que la vida no es un entretenimiento, tal vez  podamos hacer ciertas analogías donde al estar todo relacionado por conformar una red de intercomunicación,  no difieren los pasos a seguir ni las pautas a tener en cuenta, porque al descuidarlas probablemente caeremos en el misma situación caótica de pérdidas.

Observar el sendero ajeno cuando aún no estamos elevados, produce expectativas conscientes o inconscientes y las esperanzas en sí , algunas veces actúan de condicionantes generando frustración y dolor si no están siendo cumplidas .

Estamos tan habituados a meternos en la vida ajena, a formar parte , a opinar y querer hacerle notar nuestros pensamientos, que nos insertamos en nuestra propia trampa si no trascendemos la culpa del egoísmo que venimos  arrastrando desde la  formación y religión que nos dijeron que si descuidamos a quien está a nuestro lado, perdemos la virtud del buen samaritano. 

Amar al prójimo es respetarlo, no imponerle nuestras creencias especulando con la debilidad que todo ser humano siente en algún momento de su vida.

Si no partimos por mirarnos a nosotros mismos, no podemos ayudar a nadie y las consecuencias del obrar serán las penas y dolores que una vez más nos dicen que no perdamos la perspectiva de centrarnos en nuestras propias capacidades para después hacerlo extensivo.

La mente y psiquis requiere de mucho trabajo para que deje de reiterar lo que ya una vez fue inapropiado para la calma y paz deseada. El dolor no viene del afuera, sino del adentro que no logra superar lo que le enseñaron cuando le dijeron que no podía ser feliz si no tenía el objeto del deseo entre las manos.

Desandar el camino produce mucho agotamiento, pero no podremos aprender con el amor mientras siga arraigado  lo que nos negamos o no podemos  soltar. Y la gran paradoja de la vida será aún más incierta cuando notemos que la liberación que nos redimirá, está  relacionada plenamente a ese amor que nos hace vibrar en las esferas de lo etéreo y subliminal. 

Dolor, amor y entre ellos el sufrimiento de lo que no logramos ver.

Muerte, resurrección y entre ellos una vida intransigente que no fusiona los dos estados para formar UNO. 

Entrega, Dios  y entre ellos el amor más grandioso que no alcanzamos a  verlo manifestado plenamente para descansar en la paz del alma que sólo quiere BRILLAR.