Cuando el agotamiento es significativo y vamos viendo las fuerzas desvanecerse lentamente, las perspectivas comienzan a acotarse comenzando a funcionar, en reiteradas ocasiones, desde el dolor y pesar.
Quizás este trayecto donde aprendimos a soltar y desatar nudos, nos preparó para tener que hacerlo una vez más sin necesidad de pensar demasiado ni esforzarnos. Si pudiéramos percatarnos de las pequeñas trampas con las cuáles nos enfrentamos a diario podríamos ir entendiendo que lo que vemos no es tan así como lo estamos percibiendo.
La amplitud, frente a la visión limitada , tiene el beneficio de manejar muchas variables, no descartando ninguna ni enalteciendo otras, y si ayer estábamos arriba disfrutando del encanto de lo bello y hoy la oscuridad insiste en aparecer, miremos y entreguemos lo que aún no entendemos para ser iluminado por la luz de la razón y el corazón como unidad que son pero que todavía siguen mirándose con cierto desconocimiento.
Ningún dolor emocional , por más poderoso que sea, representa el presente sino que trae una vez más lo que fue vivenciado y que al no ser sanado confunde el pasado con el ahora.
Si pudimos integrarnos en el ser que somos, nada puede generar daño si no es por resabios que quedaron de acontecimientos y situaciones, conscientes o inconscientes de algún período de nuestras vidas donde eramos quizás muy pequeños o diferentes y la frescura de la inocencia nos llevó a acomodar como pudimos lo que nos sucedía.
El reflejo que vemos en el otro muchas veces hace que confundamos la víctima con el victimario, porque el valor o menosprecio que nos puede ofrecer la otra persona sobre nosotros, sólo pesa en la medida en cómo nos sintamos interiormente.
Muchas veces pensamos que es una falacia encontrar ciertas excusas que nos quieran justificar y desviar la mirada sobre la autenticidad de quien está a nuestro lado desde lo físico o corazón, pero animémonos a relacionar el fruto del dolor con algún episodio no resuelto de nuestras vidas y es posible que volvamos a experimentar ese deje vú que nos dice conocer la situación y lo único que hace es repetirse.
Elevarnos por sobre el comportamiento ajeno es, en realidad, elevarnos de nosotros mismos y todo aquello que nos dolió mucho y que, en algunas ocasiones ni siquiera nos dimos cuenta.
No hace falta buscar maneras de encontrar esos duelos no resueltos de una forma determinada, dejemos fluir y por sobre todo no generemos oposición sobre ese dolor porque de esa manera no vamos a poder descubrir de qué se trata. Resistirse es afianzar el sufrimiento y guardarlo nuevamente en la cajita de cristal que algún día puede romperse lastimando aún más nuestro interior.
Atrevámonos a mirar los reflejos que nos llegan, aunque duela y estemos muy cansados.
Mientras no podamos liberarnos de lo que nos sucede adentro no vamos a poder dejar de percibir esos espejos con angustia y aflicción. Soltemos todo, aunque sintamos que se nos va la vida con ello, aunque pensemos que ya no tenemos nada para dar, aunque el amor pareciera que acompaña el dolor y nos deja vacíos, porque no hay manera de ser verdaderamente libres si todavía tenemos deudas con nosotros mismos.
Mientras más pétalos marchitos caigan, más claridad irá apareciendo hasta que llegue ese día donde encontremos que el mismo dolor se va iluminando y transformando en la luz brillante que se ve reflejada a sí misma sin distorsiones y como lo que verdaderamente ES: la eterna llama divina de Dios en nuestros corazones.
