"Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él."


Nuestra llegada a este mundo significó un acontecimiento pleno lleno de alegrías, caricias, amores incondicionales, confianza e inocencia de que todo es posible dentro del maravilloso mundo de la fantasía.

Sin embargo, el tiempo, con sus responsabilidades, la necesaria distinción del bien y el mal para preservarnos, la autoexigencia para llegar a ser alguien en la vida, nos llevó por nuevos caminos donde fuimos perdiendo la frescura y la simpleza de que todo es real tal cuál lo vemos desde nuestro corazón.

Empezaron a llegarnos nuevas consignas, la imposición natural de crecer para dejar de ser niños y,  para encontrar la naturaleza diáfana innata,  tuvimos que recurrir a momentos o instantes que nos permitiera conectarnos nuevamente con el niño interior que nos dio la posibilidad de cambiar lo que no nos gustaba con tan solo imaginarlo.

Hoy estamos ante una nueva mirada de todo lo que tuvimos que adquirir para armar el yo , de todo lo que fuimos dejando por el camino y de cuanto añoramos poder fundirnos nuevamente en el mundo de ensueño que nos elevó hasta las más altas esferas de amor.

Aprendimos a conocernos como funcionamos desde nuestra psiquis y emociones y si bien le dedicamos nuestro tiempo a manejarnos desde la adultez de las responsabilidades y razonamientos lineales e inertes,  no perdemos las esperanzas de hacer un mundo maravilloso de lo que vemos. Así es como  nos ponemos la capa de superhéroe o el traje de princesa y con todos nuestros esfuerzos intentamos traer el Cielo a la Tierra con esmero, deseos, dedicación,  y con la ilusión de crear, aunque sea por momentos, la armonía que tanto anhelamos ver.

Al no poder modificar la vida del otro, ni cambiar eventos que están signados a que sucedan, nos vamos dando cuenta que quizás no tengamos que plasmar el arriba en el afuera  sino desde adentro hacia afuera para poder vislumbrarlo primeramente en el mundo interno y posteriormente  irradiarlo hacia todas las direcciones.

Pero como si la ilusión se hubiese esfumado rápidamente en un suspiro podemos observarnos y notar que tenemos incorporado muchos mecanismos de creencias equivocadas, mucho dolor por situaciones que nos hicieron crecer, mucha rigidez que nos sentenció las apariencias  y que el fluir natural de nuestra esencia pura e innata noble va encontrando muchos escollos para poder manifestarse plenamente. 

Y el primer inconveniente radica en seguir buscando en el afuera, sentir que la vida pasa por el afuera cuando en realidad ella es una consecuencia del adentro. Mientras sigamos depositando las expectativas en cambios externos seguiremos siendo adultos prolijos en pos de un bienestar ficticio basado en lo perecedero y finito.

Dejemos de enfocar erróneamente que cuando podamos vivir el Cielo en nuestra propia Tierra interior podremos expandirlo como luz blanca y sanadora a toda la humanidad...

Mientras no intentemos cambiar patrones de pensamientos viejos que nos alejó de nosotros mismos dudo que podamos hacer realidad el sueño de cuando eramos pequeños que con tan sólo desearlo podíamos hacer real lo fantasioso...

" Y dijo: De cierto os digo, que si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" 

No hay reino de los cielos que esté fuera del interior de cada uno por lo que no es necesario adquirir creencias que nos lleve hacia él, sólo es indispensable animarse a volver a ser niños para poder vivir el Cielo Mágico de Dios  en los corazones para irradiarlo y evidenciarlo en un mundo que perdió con el tiempo la capacidad de soñar...