"Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse."


Uno de los grandes desafíos que tenemos las almas encarnadas en un cuerpo humano, es conciliar lo que decimos, pensamos y sentimos, y para ello es necesario el despliegue de todas nuestras capacidades para comprender las desaveniencias que aparecen al instante mismo siguiente a una afirmación del alma o vicerversa.

Si partimos por comprender la desigualdad de  frecuencia en los cuáles estamos insertos por pertenecer a un mundo multidimensional, algunas palpables y otras no tanto desde nuestra conciencia terrestre , podríamos vislumbrar que no podemos hacer categórico un vaivén emocional que recorre un mismo acontecimiento entre la razón y el alma.

Saber que la mente traduce con emociones lo que ve,  es entender también que está acostumbrada a un mismo modo de ver lo estrictamente lineal haciendo correspondencias entre sucesos y estados de ánimos y , observarnos ante lo que al momento no podemos fusionar, es la premisa a tener en cuenta al momento del derrumbe de la paz que tanto nos costó forjarnos.

Si bien existe un patrón común entre los seres humanos, cada uno de nosotros verá un tanto más diferente una situación determinada que vendrá acompañada de lo vivenciado desde la niñez en cada uno en particular. Y esa distinción de miradas nos da un aviso de que puede ser superado el evento sin necesidad de incorporar manos milagrosas que nos aleje del conflicto.

Cuando estamos en una gran obra de teatro , actuando, haciendo roles, no es difícil perder la perspectiva de quienes somos en esencia y sumarnos al personaje que contiene la característica que le fue asignada.

Si aprendimos a ponernos el disfraz que elegimos encarnar y nos quedamos interactuando desde esa función, es probable que  le atribuyamos todas las emociones inherentes a ese personaje. Y ahí es donde aparecen las desaveniencias del ser y el hacer, el sentir del alma con el sentir emocional que reclama hechos en beneficio propio.

Somos como niños que reclaman el bienestar de todos los sentidos, que se autoexige y se frustra si no sale como se desea, que llora si no tiene el objeto del deseo y desfallece si no se le hace mimos.

Nuestra condición primaria nos enseñó a buscar satisfacción pero al no encontrar la constancia y perdurabilidad siendo ya grandes , buscamos encontrar el cauce a nuestro desánimo y renegamos como cuando eramos pequeños.

Lloremos, sintamos tristeza, percibamos que todo se derrumba si es necesario, pero lo que sea que se sienta no va a perdurar en el tiempo y con su calidad de finito sólo tendrá una vida útil limitada.

Aceptemos que existen, dejemos que nos muevan y no alejemos el sentir con la imposición sino con la comprensión de saber  que funcionan de esa manera determinada, pero  que no hacen a la esencia divina que tenemos.

Una nueva manera de percibir la vida no se impone con la mente ni se obliga a sentirla, sólo se deja que fluya para que pueda ir abriendo la capacidad de todos los sentidos al servicio del alma y de Dios.

Si nuestro interior aún tiene concordancias y desaveniencias, no busquemos encontrar  en el afuera lo que todavía no pudo conciliarse desde adentro porque necesita su tiempo de reacomodes y cimentación.

No queramos controlar los acontecimientos externos ni internos, no es con la mente que podremos llegar a la unión definitiva, es con el AMOR en todo lo que hacemos que podremos encontrar la constancia y paz permanente que tanto deseamos...

La desarmonía no pertenece al Mundo Natural de Dios, sino que es parte del aprendizaje que vamos haciendo y sólo purificando no los hechos sino la visión que tenemos de ellos podremos encontrar el CAMINO A CASA...