"Traten a los demás como ustedes quisieran ser tratados. Esta es la esencia de todo lo enseñado por la ley y los profetas."


Aceptar lo que trae la vida ya sea para conocer, reflexionar, amar o trascender es entender que cada acontecimiento por pequeño que sea, no puede nunca pasar desapercibido para nuestro aprendizaje. Podemos ignorarlo, subestimarlo, rodearlo de  flores  pero lo que se presenta como cruda realidad formal no puede ser negado aunque no nos agrade lo que veamos.

Quienes creemos tener una fragilidad evidente y tememos el mundo vivir de las emociones,  al quedar desprovistos y sin alguna protección que nos guíe el camino,  es probable que optemos por  incorporarnos a ciertos resguardos que nos aliviane el andar cotidiano y dejar de sentir, de ese modo,  los tirones que nos llegan junto con los vaivenes emocionales.
Recrearnos de un ambiente favorable nos permite poder soltarnos un poco cada día creando  microclimas que determinan los límites con el entorno  y nos sitúe en un lugar relevante para abrir juicios de quiénes serán los que tienen la entrada permitida y quienes no pueden ni asomarse 

 De esta forma vamos haciendo el recorrido con anestesia para no dejar al descubierto algún incentivo que nos llegue y se convierta en una amenaza marcando una falsa debilidad que creemos que tenemos cuando en realidad se trata de nuestras propias rejas que nos armamos e inculcaron para ser obedientes y no salirnos de lo estipulado por la religión de los hombres.

Estamos tan convencidos que pertenecemos a ese lugar de cobijo que perdemos perspectiva del mundo externo y como fuerte muralla creada por la mente humana no dejamos fluir ni por un instante el llamado del corazón sofocado entre tanta norma e institución arbitraria.
Sin embargo, aunque nos encerremos y resistamos, no podemos dejar de escuchar el llamado del alma que desea expresarse. Si distendemos y dejamos fluir es posible que aparezcan  momentos donde reconocemos nuestro deseo de liberación y quizás queramos salir del sitio donde estamos , pero al ir manifestando tímidamente algún indicio, nos vamos dando cuenta dolorosamente que no estamos siendo valorados por lo que somos sino por lo que hacemos. Quedamos tan apretados  y contenidos en la forma que por más que lo deseemos no podemos o no nos dejan salir por la puerta de entrada.

Ante esa evidencia nos preguntamos por qué si fuimos invitados tan cordialmente , seremos despedidos tan fríamente al tomar como posibilidad  otro rumbo. Así es como vamos buscando  maneras de ser comprendidos,  que nos escuchen,  pero en la reglas y normas de la fortaleza pareciera que no existen las recopilaciones para extraer la esencia única del Ser.
Lentamente nos vamos percatando que esas acciones que eran consideradas normales y que en algún momento formaron parte de nuestra vida, comienzan a vislumbrarse en un sentido que dista mucho del valor real que pretendimos darle cuando ingresamos.  El desánimo nos cubre el ser y lo que antes veíamos como natural al amor profeso se va transformando en la tiranía del sistema que nos succionó hasta perdernos en nuestra propia identidad.

No podemos juzgar pero tampoco seguir acatando lo que ya no mueve nuestro interior porque comprendimos que la grandiosidad de Dios está en todos lados y que no se remite a una franja selectiva de creencias. El utiliza la forma sólo hasta que podamos darnos cuenta porque cuando pudimos comprender que nada tiene juicio , ni nada es categóricamente desechable sólo por ser diferente, ya no requerimos del cumplimiento de una forma determinada.  Sin embargo, como el alma se manifiesta a través del cuerpo tuvimos que buscar ubicarnos en lugar apropiado que mayormente nos representara pero, paradójicamente cuando con inocencia intentamos tomar un rumbo más abarcativo, nos encontramos nuevamente que el amor brindado por nuestro interior en pos de la causa, se perdió entre las sentencias y resoluciones netamente formales de la institución que nos cobijó.

Ante lo que se  presenta como real y de salidas limitadas ,volvemos a la fuente del ser con su sabiduría interior  reconociendo que para cambiar lo externo, debemos primero ir a lo profundo de la esencia y  ELEVARNOS enérgicamente manteniendo los pies en la tierra y el corazón en lo alto con Dios. 

Cuando podemos trascender la forma nuestra esencia permanece  libre de lo que antes nos acotaba en tiempo y espacio pudiendo manifestarse a través del cuerpo que podrá traspasar la barrera de las murallas sin necesidad que le abran la puerta. Cuando ya no hay densidades nuestra faceta corpórea y mental no tiene miedo ni está alerta a las miradas de los que no entienden y ante el desconocimiento opinan generando críticas innecesarias.

No hay muralla que no pueda ser traspasada si nuestra mente se eleva también con el alma ya que en la morada de Dios no existe distinción de formas. Si pudiésemos entender plenamente que el cuerpo es el vehículo del alma para su manifestación y no una apariencia que cumpla con las expectativas de los demás  es posible que dejemos de tensionarnos pensando que le debemos fidelidad plena a una imagen que responde más a la mirada  de los hombres que a Dios mismo.