En nuestro camino de vuelta de resignificaciones aprendimos a no juzgar, a comprender que nadie lleva impreso el código de maldad sino el del desconocimiento pero sin embargo, lo que nos llega como accionar externo fortuito o premeditado no puede ser justificado por más condescendencia que intentamos poseer hacia el otro.
Si partimos por aceptar que cada uno en particular somos los responsables exclusivos de nuestros actos también cabría observar que la incomprensión no mitiga el dolor cuando sin piedad se va por la vida sin una empatía que modifique mínimamente lo que no alcanzamos a ver en su totalidad.
Podemos desear ir ayudando a quienes no lo pidan pero como seres en crecimiento que somos podemos requerir asimismo una mirada piadosa que no nos haga sentir tan solos humanamente pudiendo compartir al menos instantes de nuestro peregrinar.
Si observamos en la historia los referentes que permanecieron en la búsqueda de la trascendencia, nos encontramos con alguien como Jesús que, en su condición humana mantuvo un espíritu libre y desapegado a lo material y sin embargo pidió a sus discípulos que velen con El mientras oraba en el monte. Cuando sus más fieles servidores no pudieron acompañarlo ni siquiera por unas horas, el desconcierto humano lo llevó a tener que adquirir la templanza de lo inevitable , su propia muerte sin que nadie se haya movido o reaccionado para impedirlo.
Si hacemos una analogía con nuestras vidas tendríamos que preguntarnos quiénes nos crucificaron ni tuvieron piedad ante la entrega de amor y padecimiento del sufrimiento pero no para arremeter con venganza o rencor sino para terminar de comprender que no venimos a salvarnos sino a amarnos.
Intentar salvar al otro de la propia desdicha , sobre todo cuando ni siquiera se percató de su condición, es pretender que alguien guíe nuestros pasos cuando el único caminante somos nosotros mismos. No obstante, necesitar que nos tengan piedad no significa que hagamos de ese acto la redención de nuestra propia alma sino entender que, como seres sociables que vivimos relacionándonos permanentemente, solicitamos sólo un poco del amor que manifestamos para poder hacer recíproco lo que sale del interior de nuestra esencia.
Quizás comprender que cada uno necesita transitar su propio camino sea la liberación que algunas veces requerimos los que sentimos que tenemos que salvar el mundo. Captando e interpretando los mensajes y hechos sucedidos a lo largo de la historia, tal vez podamos ubicarnos ante las premisas que nos hacen ver que la ayuda sólo viene después de la muerte como le sucedió a Jesús.
Las propias muertes simbólicas denotan un sendero particular y exclusivo en cada uno, y pretender imponer nuestros saberes personales en un recorrido que no tenga un momento adecuado para poder implementar, es movilizar un propio dolor interno de impotencia y desaires.
No venimos a salvar el mundo sino a amarlo y lo mejor que podemos hacer mientras transitamos la vida es amarnos mutuamente. El amor auténtico, genuino, que no discrimina ni tiene forma puede mucho más que todas las palabras del mundo y la caricia de piedad hacia el otro es el que nos mantendrá vivos aunque veamos que todos los camino están bifurcados y no podamos encontrarnos.
